miente.


Ahora, antes de dormir.
noviembre 9, 2009, 3:30 am
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(Recuerdo que cuando era chico jugaba con mi papá y mi hermana a buscar arañas en el techo con una linterna. Nos entretenía, pero ahora que lo entiendo, le tengo miedo a las arañas. Y encontré la grabación, que hice hace un año, del cuento y está detrás de estas palabras.)

Segundo Sueño.

░░░░░░░ llegará los martes, los jueves y los martes a la casa. Tres veces por semana. Él limpia la casa todos los todos los días, todos los meses, todos los años, pero a una sola hora. Siempre esperando a las ocho y cuarenta y tres de la madrugada en la puerta de calle con el mismo overol negro (blanco) y -quizás- hasta con la misma voz, Señor ábrame, por favor, soy Segundo. ¡Segundo!. Él se ocupaba de permitirnos el lujo de poseer baños de linóleo, pisos, ventanas y alfombras -con la luz en las orillas del mar- limpias.

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Puntos de persianas precisas a considerar: 1. No existen vecinos en el mar (siempre debemos aparentar que hay vida, por lo cual, habría que dejar prendida la luz del garaje, ¿digo no?), asimismo, 2. habrá que anclar pie cada dos semanas para tocar playa abierta. 3. Las carátulas son alimentos sanos y llenos de almíbar. 4. Las cerraduras son de metal y están apolilladas, esto se puede observar desde la puerta principal de la casa.
Mira.

******************╔══╗******************

A veces me dejan sólo en esta casa. A veces me dejan solo en esta casa. A veces me dejan sólo en esta casa. A veces. A veces. A veces. A veces.
Amplísima residencia de concreto con menudísimo patio-jardín
(una maceta). Cinco caños, tres baños, seis copas, nueve almohadas, cuatro pisos (sin embargo, es corrupto definir los límites de estos, pues el garaje sabe-menear-la-altura-en-grados-intactos, parecidos siempre, al fuego-de-serpientes-minusválidas-que-me-bañan-los-domingos) y un tornillo. Ahora bien, el sujeto que venía temprano a ocuparse de barrer la proa de la casa tenía un sereno y dilatado trabajo. Algunos días, simplemente, admiraba la casa pues no podía hacer más: iba con su trapito húmedo por todos lados alucinándose mártir. Podría decir que alguna vez llegó a cargar la aspiradora hasta la popa del barco (antes de que se detuviese en algún almacén a descargar los melones (Obviamente)) y en su angustia se tendió sobre la alfombra agotado. Limpiaba de arriba abajo (siempre) -bueno en realidad, no les mentiré más- de abajo a arriba (siempre) porque él empezaba coqueteando con la sala y luego se deleitaba con la limpieza de la cocina de los trapecistas.
Un día. Segundo limpiaba el cuarto de visitas y yo, muy elegante como siempre, le pedí que limpiara mi cuarto cuando terminase. El sonido del mar es por dentro una galera hirviente. Entonces, tendió mi cama, aspiró la alfombra acaramelada, ordenó las hojas donde escribo ahora, levantó la ropa del suelo de cucarachas, no-sé-qué-más-hizo y se retiró campante. Quizás demasiado sonriente, un poco más y se le destrozaba la cara en brincos de aquellos que sierra-nevada la vida.
Cuando decidió dejarnos, más tarde, ese mismo día, le pagué las diecisiete monedas celestes como era de costumbre por un día de trabajo en este tipo de transportes-máquina. Le abrí la puerta para que escapara. Él se quedó mirando atento cómo el cerrojo se dejaba violar por las llaves. Unos minutos después, su dedo en mi timbre (espalda/canoa salvaguarda) me obligó a pararme, pues soy de aquellos que descansan. Contesté el intercomunicador para escuchar su hermosísima voz alterada, Señor, ábrame la puerta, por favor, soy yo.

¿Así que ha olvidado algo, no, S.? –le grité.
Pensé en verificar a través de su cuerpo/bolso tejido si es que encontraba aquello olvidado, sin embargo, cabe resaltar, que obviamente es incierto el futuro de las manzanas. Segundo me miró excitado cuando corrió por la cocina buscando su memoria. Te desea, pensé moviendo los labios. Subió la escalera hacia mi cuarto tan solo para bajarlas. Yo lo vi: lo esperaba en la puerta. A los cuarenta y tres segundos, regresó y se fue corriendo, pues su rescate aguardaba en la avenida. Cerré la puerta, subí corriendo -como siempre subo cuando estoy solo- y me volví a posicionar frente al monitor de la computadora.
Por la noche seguía solo, a menos que quizás usted me acompañe -le digo a la regadera, Habrá que escribir un cuento -me bromeó ella y le respondí agitado, El mar es íntimo. Antes de que ella dijera alguna otra cosa absurda, fui a sacar la basura pues era mi trabajo. Mi hermana se encarga de todo lo referido al cuidado de los perros y yo me ocupo de desaparecer a diario lo temible –siempre antes de las diez de la noche- por favor. Hay un depósito de desmonte en la esquina de donde vivo. Todos arrojan lo que no ha alcanzado a satisfacerles el día, alli yo a veces me detengo de costado mirando la vereda. Sé que ellos pueden, lo sé aunque nadie me lo ha dicho. Se me acerca el mundo con impetú y lo único que hace es lanzar su basura a mi lado. Tan solo la desechan junto a mi, como si de alguna forma trataran de incluirme en su desecho. Y fue entonces cuando decidí dormir. ¿Ves aquel reloj?, es que estoy aburrido. El empapelado de mi cuarto es de carritos. La madera del barco lagarto no compensa nunca la avaricia de un infante. En todo caso, hoy comí cebollas y dormí temprano.
Al instante, de haber dormido dos horas estupendas, me levanté, ☺☺☺☺☺☺. De golpe. De inmediato. Escuché algo en la puerta. ***** de pánico, (como siempre me ajusto al asiento cuando me pasa esto) giré la manija del cuarto donde dormía y salí. Prendí la luz de la escalera y bajé cada uno de los peldaños como si me costara en exceso. Casi al tocar el último de estos -y con la luz del barco/guía apagada- me di cuenta de lo que *******. Visita. Es la 1:43 de la madrugada. Mi casa. Mi abuela. No, ella llega en cualquier momento, pero jamás tan tarde. Se deduce como todo a golpe de lógica. Sé quién llega a esa hora, pues *******. Me miré las cejas y corrí cual pavo de mar escalfado en dirección perdida. Me di cuenta de que había olvidado de prender la luz del garaje. Qué tremendo error, por dios/Dios.
Paralelamente a todo lo que me sucedía, se escuchaba cómo la ranura seguía siendo ultrajada. Como si ****** tratara de abrir la puerta y no supiera qué llave es la indicada. Asumo que prueba con varias. Me armé con un palo de escoba y un par de manzanas y caminé por renuente silogismo-ovalado-a-la-par-de-cruz, Habrá que avanzar -me dije actuando cual hombre serio y me reí. Caminé discretamente hasta la sala. Dejé la luz de allí apagada para ver quienes eran ellos. Me escondí detrás del sofá rojo, ahí detrás de donde puedes verme tú ahora. Quieto, esperando el orgasmo final, la impronta desfachatez de la puerta para que se entreabriera. Unos minutos, por fin.
Habrá que darse cuenta. Él está aquí de noche, no es su horario. Es posible, las olas han naufragado -ellas mismas- a un augur del sótano. ¡Qué va! podía ver al teniente S. aferrándose a la escalera del barco, arrastrándose para subir con cuatro grumetes de los míos. No me moví. El pánico sucumbe como una raíz de heno en la espalda de una nuez aplastada (para cocinar riquísimos suflés de mango, obviamente). Cinco personas en total penetrando mi excitadísimo buque. Penetraron las cocina, rrrrum, fuerza-motor. Revisan cada gaveta, cada botella de aceite y lata de cerveza. Me levanté rápidamente de mi foliación a la derecha, los logré encerrar en la cocina. Tu suerte, balbuceé mientras mi saliva respiraba en los pulmones. Por mi culpa. Por mi culpa. Por mi gran culpa. Todo por no haber prendido la luz del garaje. Cerré la puerta principal que ellos habían dejado abierta y subí corriendo las escaleras.
Ya en el cuarto piso, no sabía que hacer. Me agarré la cabeza (es placentero) y la empecé a mecer -de lado a lado- mientras escuchaba los alaridos de los intrusos en la cocina tratando de derrumbar la puerta de donde me encontraba. Están rompiendo la puerta y sigo escribiendo esto como si no me afectara la maicena en las orejas. ¡Quién por la tinta china ha de saber que la roca-tiempo está espiralada, tan amainada a la derecha, tan dulce, tan tenue! Solo, solo, lo único a lo que atiné fue a apagar la luz del cuarto donde estaba (no creo que sirva de nada). Me encerré horrorizado en la habitación de mar.
Acto seguido de haber jadeado un par de minutos. Moví mi pequeño escritorio hacia la puerta -para que los grumetes y Segundo no entraran- los vi bloquearme la puerta con montones de cerritos de papel periódico pesadísimos. Los llegué a observar a través del cerrojo. Están robando la casa. ** estaba en el cuarto. Tranquilo. Malditos. Ahora, ** era el enclaustrado. Ironía. Me recosté: algo se debe hacer mientras tanto.
******************╚══╝******************
Me quedé dormido. Hoy es el día siguiente: eran las doce del día cuando me aveciné a la puerta de mi cuarto. La logré abrir: se habían preocupado por liberarme, aunque no se despidieron, lo cual en sí me parece lo menos acertado para un grupo que sigue las normas de otrora piratas. Al salir del cuarto, lo primero que no vi fue mi aspiradora -entre otras cosas como las toallas, los cuadros, un ropero, las sillas y el amanecer esperando a un perro-. Lo extraño fue que no se robaron todo, por ejemplo, dejaron la computadora, donde ahora continúo.
Cogí mis llaves y bajé a la cocina. Mentira. No las cogí, eso tú lo haz pensado. Es tan preciso y efímero engañarte. Bueno, las llaves las ha tomado el capitán S., no te mentiré. ¡¿***** ***** *** *****?! He buscado el manojo de forma delirante. Pensé, que si éstas desaparecen, asumirían un lugar inteligente para esconderse y no cualquier sitio. Es para llaves tontas esconderse debajo de la cama o entre las almohadas. Pero no te diré más, Segundo seguro las ha tomado sin decírmelo. Claro, ayer él entró a la casa con ellas, le tendré que gritar el próximo martes que venga. Ahora si bajé a la cocina, pues ya no tenía agua de mar en mi vientre. Me serví un poco de leche y las sobras de unas galletas que los ladrones habían dejado sobre la mesa. Luego subí a seguir trabajando.
Tiempo.
Un par de ***** después llegó mi madre con mi hermana y les conté todo el incidente. Se sobresaltaron, pero tenían una comida importante más tarde y tuvieron que salir de la casa de nuevo. Ellas llegaron como a la una de la madrugada más o menos, se bañaron, se pintaron el pijama sobre el cuerpo y se pusieron a ver la televisión.
A la una y cuarenta y tres escuché los gemidos del cerrojo de nuevo, pero esta vez fue algo mucho más rápido -como si ya supieran qué llave del manojo abría la puerta de mar-. Lo que hice fue explicarles a mi madre y a mi hermana, lo más rápido que pude, lo que sucedía y las encerré conmigo en el cuarto. Breves minutos, le demoraron a los perpetradores bloquear la puerta del cuarto donde me encontraba encerrado con varios muebles (cambiaron de materia prima esta vez, pues no encontraron en el llano salado un remo digno de ser llamado periódico). Al comprender esto, nos echamos todos en la cama a discutir lo que pasaba mientras mirábamos televisión. Obviamente mirábamos más televisión de lo que hablábamos. Hablar era un complemento.
Al día siguiente, nos levantamos tarde. Mi madre fue a trabajar, mi hermana al café, porque ya era lunes, usted sabe, me dejaron sólo de nuevo. Por mi parte, ya estaba cansado de tener que creer en cosas. En cosas de la noche, de la hora, de lo rutinario que resultaba enmarcarme en una habitación -cual toque de queda militar de abejas (que hacen miel dulcísima)-. Grumetes duchísimo que conocían el arte de las horas y la figura de un calendario lunar, sin embargo, tenían los brazos cortos, pues robaban los objetos de mi barco de a pocos. Como si me dejaran disfrutar un segundo más de estas. Fuera de todo, se van llevando la casa en pequeñas partes (asumo que esto le ocurre a todos). Lo admito, yo / **, he gastado mis rodillas-tiempo escribiendo sobre la robada que era familia a diario. Entonces, cuando se hizo de madrugada, me paré del asiento -como luego de tantas noches había aprendido- tomé el brazo de mi madre -y ella el de mi hermana- y nos apachurramos todos en mi cuarto nuevamente. Segundo llegará los martes y los jueves y los martes a la casa. Tres veces por semana.

Lunes 22 de octubre
1:43 a.m.

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